Desde que comenzara la Revolución industrial a finales del
siglo XVIII, los países del llamado “Primer Mundo” han sufrido una
transformación asombrosa: en poco más de dos siglos, la tecnología se ha
desarrollado mucho más que en toda nuestra historia anterior, mejorando
considerablemente la calidad de vida de las personas y abriendo infinitas
posibilidades para la ciencia y el progreso. O, al menos, eso hemos querido
creer.
Sin embargo, la realidad es bien diferente. Por una parte,
no es justo decir que la calidad de vida de las personas haya mejorado, pues si bien es cierto que
disponemos de más comodidades y de mejores servicios sanitarios, esto sólo es
aplicable a una proporción reducida de la población mundial, mientras que la
gran mayoría no puede disfrutar de estos avances. Y para nosotros tampoco ha
mejorado mucho: consumimos alimentos genéticamente modificados y plagados de
pesticidas, nuestra agua y nuestro aire están más contaminados que nunca, nos
pasamos gran parte de nuestra vida trabajando para acumular riquezas que no nos
hacen felices y cada vez tenemos menos poder de decisión sobre nuestras propias
vidas.
Por otra parte, no es cierto que gracias a estos avances
gocemos de infinitas posibilidades de progreso, ya que nos olvidamos de un factor
fundamental: nuestro planeta es finito, y sus recursos son limitados. El modelo
económico que sustenta estas sociedades “desarrolladas” se basa en un
crecimiento continuo a partir de la explotación de los recursos naturales y su
transformación para el aprovechamiento de las personas, pero parece contar con
una disposición ilimitada de los mismos. Naturalmente, esto es imposible, por
lo que llegará un momento en el que no dispongamos de recursos para transformar
ni de un ecosistema capaz de soportar el daño que provocan la desmedida
contaminación del suelo, el agua y el aire, y la generación de semejante
cantidad de residuos irrecuperables en el ciclo natural.
Podría
entenderse que nos estamos refiriendo a un momento lejano, que todavía queda
mucho margen para cambiar esta situación, pero, desafortunadamente, ya hemos
traspasado ese límite. Las consecuencias de los ataques perpetrados contra el
planeta son ya irreversibles: hemos destruido una parte importante de la
biodiversidad, los bosques y la capa de ozono de la Tierra que es irrecuperable
y hemos agotado una cantidad de recursos que son irremplazables. Ya en 1972 se
publicó el informe Los límites al crecimiento, encargado al MIT por el Club de Roma,
cuya conclusión fue la siguiente: «si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene sin variación, alcanzará
los límites absolutos de crecimiento en la Tierra durante
los próximos cien años» (Meadows, 1972).
El principal de los recursos que sostienen este modelo
económico es el petróleo. Este mineral posibilita un mundo globalizado e
industrializado en el que tienen cabida el transporte a grandes distancias de
personas y materiales, la producción de polímeros para múltiples usos, el uso
de grandes máquinas industriales o la fabricación de distintas herramientas y
productos para diversos ámbitos. No obstante, el problema que surge de los
combustibles fósiles (petróleo, gas natural y carbón) es doble: por una parte,
el gran impacto medioambiental que causa su extracción y transformación, y por
otra, la finitud de estos recursos.
La conocida teoría del
cenit del petróleo del geofísico M. King Hubbert sostiene que la producción mundial de petróleo llegará a su cenit y después declinará
tan rápido como creció, resaltando el hecho de que el factor limitador de la
extracción de petróleo es la energía requerida y no su coste económico. La siguiente figura nos muestra la evolución de
los principales recursos minerales del planeta en función de la exergía, que es
«la máxima cantidad de energía que se
puede extraer de un sistema hasta estar en equilibrio con el medio ambiente»
(Vildosola, 2003).

Ahora bien, ante esta situación, ¿qué soluciones nos
encontramos? En primer lugar, es necesario frenar drásticamente la explotación
de estos recursos. Muchos de los objetos que utilizamos a diario que están
hechos de plástico pueden ser perfectamente eliminados, como es el caso de los
excesivos envases y embalajes que se utilizan. También se puede reducir
fácilmente el uso de los vehículos que utilizan combustibles fósiles,
utilizando el transporte público y otros medios de transporte más ecológicos.
Pero sobre todo, se debe reducir la demanda de estos recursos, fomentando el trabajo cerca del lugar de
residencia, adquiriendo productos locales y desarrollando espacios urbanos
polifuncionales.
Si bien la solución más eficaz pasa por reducir la necesidad
de gasto energético, hay otras medidas que se deben tomar para paliar esta
situación. Una de ellas es la sustitución de las fuentes de energía no renovables
(térmicas y nucleares) por otras renovables (solar, eólica, hidráulica, biomasa…).
De esta forma se puede poner fin a los dos problemas energéticos principales:
la disposición limitada y la destrucción del medio ambiente derivada.
Y si estas medidas son tan lógicas, ¿por qué no se llevan a
cabo? La clave está en los intereses económicos que subyacen al consumo de energía.
El modelo económico capitalista necesita de la continua explotación de los
recursos naturales para poder mantener una línea continua de “crecimiento”, y el
control sobre la extracción de combustibles fósiles supone una gran acumulación
de poder y riquezas al existir un número limitado de reservas en el planeta. Tal
es la dependencia de los países industrializados que en la actualidad se producen
conflictos bélicos con miles de víctimas por el control de estos recursos, como
es el caso de Iraq, Afganistán o Libia.
Som Energia
En estas circunstancias nace en 2010 un proyecto de
generación de energía limpia que rema en dirección contraria. Se trata de Som
Energia, una cooperativa formada por un grupo de personas vinculadas a la Universidad
de Girona con el objetivo de convertirse en un movimiento social motor de un
cambio del sistema energético, generar una demanda de energía sostenible,
limpia y local, aumentar la producción de energía renovable, y promover la
eficiencia y el ahorro energético.
Esta cooperativa actúa a dos niveles del proceso de consumo
energético: en primer lugar, en la producción, con la inversión en proyectos de
energía verde; y en segundo lugar, en la comercialización, posibilitando a sus
socios que demanden energía de origen renovable a la Red Eléctrica española.
Actualmente cuentan con más de 7000 socios en España, aunque existen
otras experiencias similares en Europa, como Ecopower en Bélgica, con 40.000 miembros, Enercoop en Francia, con 9.000, o EWS (110.000 clientes) y Greenpeace
Energy (100.000 clientes) en Alemania. Estos datos suponen una inyección de
ánimo para todos aquellos que sueñan con un cambio de modelo energético, ya que
estas cifras continúan aumentando y comienzan a inquietar el oligopolio
energético en España, capitaneado por las cinco grandes empresas: Iberdrola, Gas Natural Fenosa, Endesa, E-ON
y EDP.

A día de hoy, Som Energia cuenta con cinco proyectos de
energía solar en funcionamiento, una planta de biogás en construcción y un
proyecto eólico en estudio en colaboración con la iniciativa
Vivir del aire del cielo.
El funcionamiento de la cooperativa se rige por unos valores
que promueven el desarrollo social y el cuidado ambiental, como son la
transparencia y el control democrático (1 socio/a = 1 voto, Asamblea de
socios), la financiación a través de los socios, la apuesta por la creación de trabajo relacionado
con la energía renovable y de una economía verdaderamente sostenible, y la
colaboración con otras cooperativas para compartir información y defender sus
intereses.
Para todos los que deseamos contribuir al cambio de modelo
energético, Som Energia se presenta como una buena alternativa. No supone un
cambio en la calidad o el coste de la electricidad que consumimos, pero sí
ayuda a reducir considerablemente la huella ecológica que dejamos en un planeta
que nos necesita. Si necesitas más información, visita su página en
http://www.somenergia.coop/es/.
Termino con la reflexión de Alicia Valero y Antonio Valero
en el artículo El agotamiento de la ‘gran
mina Tierra’: «Probablemente, ninguna
generación pasada o futura habrá sido más destructiva que la nuestra. Tan sólo
la inteligencia, que nos ayuda entender este fenómeno y nos recomienda
preservar, reciclar, buscar procesos más eficientes, etc., nos permitirá
salvarnos de los efectos de la actual depredación de recursos».
Salud.